Los 5 sabios consejos PRIMER CONSEJO

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Los 5 sabios consejos PRIMER CONSEJO

Mensaje  El más pequeño el Vie Mayo 06, 2011 2:12 pm

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Al cabo de unos días, llegó a una gran ciudad. Había ya gastado todo el dinero que llevaba, y resolvió buscar un trabajo, por humilde que fuera. Al ver a un mercader de aspecto próspero frente a un comercio de granos, Ram Singh se acercó y le preguntó si podía darle algo que hacer.

El mercader lo observó tan detenidamente, que el joven comenzó a descorazonarse; pero al fin, aquél le respondió:

-Sí, naturalmente; hay una colocación para tí.
-¿Qué quieres decir? -preguntó Ram Singh.
-Pues bien -respondió el otro-, ayer el wazir en jefe de nuestro rajá despidió a su criado de cámara y está buscando otro. Ahora bien, tú eres joven, alto y apuesto. Te aconsejo que acudas a su palacio.

Después de dar gracias al mercader, el joven partió inmediatamente a casa del wazir. Gracia a su aspecto y buena apariencia, fué aceptado como sirviente de aquel hombre notable.

Poco después, el rajá partió de viaje, y su wazir en jefe lo acompañó. Con ellos iba un ejército de sirvientes, ayudantes, soldados, muleros, conductores de camellos, mercaderes con granos y alimentos para hombres y animales, cantantes para hacer mas grata la jornada y músicos para acompañarlos, además de elefantes, camellos, caballos, mulas, burros, cabras y carruajes, carretas de todas clases y estilos. La caravana parecía más un pueblo en marcha que cualquier otra cosa.

Así viajaron hasta que entraron a una comarca que parecía un mar de arena, donde el polvo arremolinado flotaba en grandes nubes, y los hombres y los animales quedaron casi ahogados por él. A última hora de la tarde llegaron a una aldea. Los principales del lugar se apresuraron a saludar al rajá y a ofrecerle sus respetos; pero pronto comenzaron a explicar, con caras muy largas y serias, que, aunque sus personas y todo lo que tenían estaba naturalmente a la disposición del rajá, la llegada de tanta gente los ponía en un aprieto. No había ni un pozo ni un manantial en la comarca, por lo tanto no tenían agua para dar de beber a tal ejército de hombres y animales.

Un gran desasosiego se apoderó de la caravana al escuchar las palabras de los principales; pero el rajá dijo simplemente al wazir que tenía que encontrar agua como fuera, y con esto dió por concuido el asunto en lo que a él concernía. El wazir mandó que acudieran inmediatamente todos los ancianos del pueblo, y comenzó a preguntarles si había algun pozo en las inmediaciones.

Los hombres se miraron unos a otros desalentados y guardaron silencio; pero, al fin, un anciano de barba gris respondió:

-En realidad, seor wazir, a una media legua de aquí, hay un pozo que cierto rey mandó perforar hace cientos de años. Dicen que es muy grande e inagotable, que está cubierto con una pesada obra de cantería y que tiene una larga escalera que conduce hasta el agua, en las mismas entrañas de la tierra. Pero ningún hombre se atreve a acercarse a el, proque está habitado por espíritus malignos, y es sabido que todo el ue se adentra en el pozo, no regresa jamás.

El wazir se acarició la barba y reflexionó unos instantes. Luego se volvió hacia Ram Singh, que se encontraba detrás de él y le dijo:

-Según un proverbio, no puede confiarse en un hombre mientras no ha sido puesto a prueba. Vé tú, y trae agua de ese pozo para el rajá y sus hombres.

A Ram Singh le vino como un rayo a la memoria el primer consejo del anciano gurú: "Obedece siempre sin réplica a la orden de aquel a cuyo servicio te encuentres".. Así que respondió sin vacilar que estaba dispuesto a ir, y marchó a prepararse para su aventura. Amarró dos vasijas grandes de cobre en una mula, cargó dos mas pequeñas sobres sus hombros, y así equipado, partió con el viejo aldeano como guía.

En breve, llegaron a la vista de un lugar donde unos cuantos arboles altos se destabacan sobre el desolado paisaje, y a cuya sombra se levantaba la cúpula de un antiguo edificio. El guía indicó al joven que aquél era el pozo, pero se excusó por no acompañarlo mas lejos, diciendo que era un hombre viejo y cansado. Ram Singh se despidió de él, y prosiguió solo su camino.

Al llegar a los árboles, el joven ató su mula, bajó los dos jarros grandes del lomo del animal y, cuando encontró la entrada del pozo, descendió un tramo de escalera y penetró así en las tinieblas. Los escalones estaban construidos con losas de alabastro blanco, que brillaban en la oscuridad mientras Ram Singh iba bajando. Todo estaba en silencio. Hasta el sonido de sus pies descalzos sobre los escalones parecía despertar un eco en el solitario lugar, cuando uno de los jarros que llevaba se cayó, hizo tal ruido, que el joven dió un salto.

No obstante, prosiguió su marcha hasta llegar a un gran estanque de agua dulce, donde lavó cuidadosamente las vasijas, las llenó y comenzó a subir las escaleras, llevando en hombros los cántaros màs pequeños. Los grandes eran tan peados, que sólo iba a poder subirlos de uno en uno.

¡De repente, algo se movió, y un poco más arriba de él vió a un enorme gigante de pie en la escalera! En una mano, llevaba el gigante, apretado contra su corazón, un manojo de huesos de horrible aspecto, y en la otra una linterna que proyectaba una larga sombra en la pared y le hacía parecer aún mas terrible de lo que verdaderamente era.

-¿Qué piensas, oh mortal - dijo el gigante-, de mi encantadora y bella esposa?

Mientras hablaba, dirigía la luz de la linterna sobre los huesos que llevaba en brazos y contemplaba amorosamente.

Ocurría que aquel pobre gigante había tenido una esposa muy bella, a la que amaba tiernamente; pero, cuando expiró, él se negó a creer en su muerte, y siempre la llevaba consigo, aún mucho despues de que su bellleza se habia convertido en aquél manojo de huesos...
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El más pequeño

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